sábado, 22 de octubre de 2016

Sé que se irá


Sé que se irá*

E
sta inquilina roedora, desordenada y morosa tendrá que irse en algún momento. Por la fuerza, por desgaste, por abandono, por cualquier medio.   Claro, no será sencillo.
¿Y quién dijo que arrendar las cáscaras de la subsistencia fuera un juego de niños? ¿Quién puede afirmar que por lisa, geométrica y biológicamente bien rematada, mi morada habría podido resistir la monstruosa y despiadada violencia de tal salvaje alimaña?  Tendré que tomar precauciones, tendré que reforzar los vínculos de mi entender con los de mis entendidos. No será suficiente la experiencia; ni tampoco mis estudios profundos sobre la mejor manera de fabricar albergues de confort y bienestar.  Tendré que aguzar mis habilidades hasta alcanzar clarividencias, descubrir el método.
No será suficiente pensar. La acción será pionera: entre otras cosas, debo rellenar con cemento líquido  tantos poros como se necesite para reforzar la concha, cuidando de dejar algunos orificios siempre libres  para que el oxígeno fluya, para que la bestia no quede del todo arropada, para reservarle una vía de escape. 
Así, que comenzaré procurando un amasijo lo suficientemente delgado como para que fluya sin escándalo dentro de cada orificio.  Te pediré que me ayudes a untarlo con sumo cuidado; eso sí, sin pausa. Juntos reconoceremos los tiempos de fragua apropiados, no sea que se nos solidifique la mezcla en el pote antes de que alcancemos a realizar la cobertura.  Luego, iremos a  la búsqueda de refuerzos, invocaremos almas voluntarias, no importa si del purgatorio, y organizaremos un concierto polifónico que tú dirigirás. Conseguirás crear el clima, sin duda. Tus músicos, tan disciplinados como soldados de un ejército prusiano, entonarán cantatas a siete voces, y desesperarán a tal extremo a la ocupante insidiosa, que no le dejarán opciones: saldrá expulsada como un torpedo, aunque antes del desalojo tratará de causar el mayor daño en nuestro refugio. Pero no importa. Tendremos la vida entera para reparar las averías. Contigo no abrigo temores.  Con afán, recogeremos juntos las piezas del vitral roto. Con nuestros fuegos las fundiremos al rojo vivo y, con la habilidad de un artesano de Murano, fabricaremos cálices de colores donde hemos de beber la savia del porvenir cuando llegue su tiempo.
Eso sí, debo garantizarme la lección aprendida. Como mínimo.

Caracas, febrero 2010.

*Este escrito fue recogido en mi libro Manual para el más allá, Editorial Memorias de Altagracia, Caracas, 2012. Esta mañana pensé en él y resolví que era oportuno publicarlo por este medio. Ahí va. 


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